Carta de amor a Cuba

 Foto: María Martín, Enero 2018

Foto: María Martín, Enero 2018

Siempre soñé en conocerte. Recorrer tu tierra edulcorada por cañaverales y luchadora de recios principios.  Es tanto lo que había leído e imaginado de tu día a día. Quizás no lo hayas oído pero llevan décadas comentando que pronto cambiarás, que ya no volverás a ser la misma de siempre, como si te conociesen de toda la vida.  Tengo la impresión de que la gente se refiere a ti como si fueses una especie de museo, en el que un desprestigiado historiador expusiese su obra de manera temporal. Hoy en día no es fácil creer al pie de la letra todo lo que parlotean. Te ves feliz y eso siempre me causó curiosidad. Al aterrizar y verte por primera vez, aparte de respirar el bochorno de tu anochecer, me encontré de frente con la realidad.

Me dijeron que el tiempo se paró allá por el cincuenta y nueve. Y no te voy a mentir, fue lo primero que pensé cuando el chofer vino a recogernos en una reliquia propia de coleccionista burgués. No sabes la suerte que tuvimos de toparnos con él, quien no paraba de anunciar el maravilloso tiempo que viviríamos a tu lado. De camino a nuestro hospedaje se me puso el vello de punta por primera vez. La plaza. Allí estaban los verdaderos revolucionarios de tu historia. En silencio, iluminados. Te vi más apagada de lo que pensaba, pero también llegamos un día cualquiera ya tarde en la madrugada.

Cuando amaneció puse rumbo a la ciudad. La música se enlazaba en tus calles desde bien temprano, imposibilitando de manera seductora el hablar de lo importante. Pero suenas tan linda, tan pura, tan llena de vida... Escucho a los ancianos murmurar. Ellos sentados a la sombra, me regalan una sonrisa y los buenos días muchacha. Era uno de enero y no había mercado o comercio que lo ignorase. Las ceras todavía estaban mojadas por los litros de agua celebrados la noche anterior. Por lo que veo no importa el jornal, siempre encuentras la manera de esquivar la necesidad. De vuelta a casa quedé fascinada al ver una familia de color bailotear una música que hasta entonces desconocía. El cabeza de familia se percató de mi interés e insistió en que me uniese a su festejo. Allí bailaba hasta el abuelo, el que no permitía que sus más de noventa años le arruinasen irse hasta abajo, moviendo la cintura paralela a esa melodía de infarto. Durante unos minutos olvidé que teníamos prisa. Antón que así se llamaba el anfitrión, nos felicitó la entrada del nuevo año abriendo una botella de ron mientras el resto bailábamos al son afrocubano.

Miro a mi alrededor. Tus avenidas exhiben una belleza abandonada por la incapacidad del orgullo. Son muchas las preguntas que me vienen a la cabeza. Los edificios de la capital pintados en todos los tonos de la paleta se caen a pedazos. Las puertas de las casas se mantienen abiertas de par en par, mostrando una sencillez y humildad olvidadas en mi mundo. Las mujeres y los niños caminan solos a cualquier hora con la seguridad del que jamás ha oído hablar de desgracia. Me alegra saber que aquí todos os conocéis, me recuerda al lugar en el que nací. Hasta los vecinos tienen la autoridad para regañar a niños ajenos, cuando éstos no cumplen con los preceptos. El respeto entre generaciones es otro de los prodigios que han sobrevivido al tiempo. Me es imposible resistir a tu ternura, a tu aturdida inocencia, a tu seseo caribeño…

Visité tus montañas. Desconocía que escondiesen leyendas con forma de mujer. Ellas se alzan en pinares de verde albahaca, que sólo caballos de talante esbelto y jigües logran atravesar. Aprendí a saborear tus habanos de notas dulces y aroma miel. Pasaron los día y tuve la ocasión de charlar con mucha de tu gente. Les pregunté si todo iba bien, si se sentían afortunados a tu lado. Espero que algún día abras los ojos. No te tienen ningún rencor, todos nos equivocamos. Me han enseñado tus libretillas y veo que intentas ser un poco justa con todos pese a la escasez. Pero es cierto que cuando te llueve, cae a todos por igual.

Osvaldo era de San Nicolás de Bari además de excelente chofer. Desde el primer momento se convirtió en un miembro más de mi familia. Cada trayecto era una clase magistral de historia y antropología. Él no cesaba de reír con mis interrogatorios de jefa de la Stasi sin licencia. Me contó que no le dejaste conocer otros lugares, que únicamente se alejó de ti una temporada para apoyarte en no sé qué guerra africana en la que decidiste participar. Tiene una hija maravillosa que estudia derecho gracias a tu valores socialistas; y una esposa que cocina un excelente arroz con puerco que compartimos en el patio de su hogar. Por lo que tengo entendido aquí un día sin arroz, ni es día ni es na y no hay mal que la vitamina R o el Cohiba Espléndido no curen.

Contemplé el ocaso en la bahía que los cochinos no consiguieron arrebatarte. Qué falta de modestia les caracterizó y representará, al a menudo intentar introducir sus pezuñas en charcas naturales. No lograba situarme allí, escenario de llantos y coraje ahora sosegados por el susurro del mar. Observé mi reflejo en las aguas cristalinas que atesoras. No es de extrañar que tu pureza haya sido foco de tantas disputas. Mis pies como mi cabeza se perdían en tu arena maquillada con trocitos de coral. Siempre me quedará esa imagen de fortuna al presenciar la pesca de jurel de tus guajiros. Cada pieza que sacaban, contribuía a la saciedad de sus familias y era celebrada a lo grande por los más pequeños. Éstos premiaban a sus padres acercándoles latas de refrescos y más cebo para reanudar la faena, otro clásico de mi infancia.

Para terminar, quiero hablarte de cuando eras joven y sentiste la necesidad de llevar a tu pueblo a la libertad. No se suele mencionar la terquedad, disciplina, perseverancia, espíritu crítico y autocrítico que se esconde detrás de cada gran obra de arte. Fuiste capaz de introducir valores y una personalidad que te sitúan en lo más alto de mi pódium moral. Créeme, entendí siempre tus motivos pero te engañaste a ti misma el día en que decidiste abandonar al resto y empezaste a vivir en una antítesis recóndita. Insisto en que abras los ojos. Tras más de medio siglo liderada por comandantes de aquel Veintiséis de Julio, hoy tachas sin pasar página una dictadura que tanto te gusta llamar revolución. En las sociedades avanzadas, el estado no debe dictar al individuo lo que este debe hacer, sino lo que este no puede hacer.

Te ves más optimista que nunca, deseo que tu esperanza nunca muera. En el Malecón se escucha un canto alegre que no deja de sollozar, pues Cuba llora de noche con la boca y los ojos llenos de libertad.