Vía Romana 14

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El pasillo medía unos quince metros de largo y metro y medio de ancho. Conectaba un total de tres habitaciones y un baño. Aquella zona siempre estaba en silencio, en verano se podía oír el zumbido de las moscas. Lo decoraban diferentes fotografías, un par de sillas y un viejo baúl. Las paredes del color de la cal viva resaltaban un suelo resbaladizo de piedra gris, en el que más de una persona perdió el equilibrio. La temperatura siempre se encontraba a varios grados por debajo del resto de la casa. La luz únicamente accedía desde la habitación del fondo y llenaba tímidamente las húmedas grietas de los rincones. Recuerda a su abuela aparecer con bollería industrial, siempre guardando luto en su bata negra, la que un pin colorido del partido político con el simpatizaba, adornaba. Nunca la escuchaba llegar.
Se giró mientras la puerta medio abierta chirriaba, pero no encontró a nadie. Se colocó de nuevo los auriculares y continuó escribiendo. Sobre la parte inferior derecha del monitor, una ventana informaba sobre el recibo de un nuevo correo electrónico. Se trataba de una dirección extraña con una preciosa tipografía que desconocía. Árabe -pensó ella. Apenas le echó un ojo, y lo arrastró a la carpeta de no deseados. A los pocos segundos el ordenador se bloqueó, provocando un gran estruendo que la hizo saltar de la silla totalmente desconcertada.
Sintió como la puerta se abría lentamente al quitarse los cascos. Cerró sus ojos mientras negaba vertiginosamente con su cabeza. Su vello se encrespaba por la ansiedad, sabía que estaba en el pasillo. No era la primera vez que la venía a visitar.

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Frida se despertó de su siesta con la frente empapada y el sueño de aquel lugar todavía en su retina. Hacía poco que se había enterado de la venta de la casa donde su madre creció. Esa misma noche había quedado para cenar con algunos de sus primos en la casa de campo. Su padrino, hermano menor de su madre también se había apuntado a la juerga. Todos comiendo y degustando cervezas en botella de litro alrededor de una larga mesa rectangular. Frida adoraba esa escena, tenía una familia excepcional. Desgraciadamente, no los conocía tanto como le hubiese gustado.
Conversaciones de sobremesa. Era las más joven del grupo, por lo que muchos de ellos recordaban historias que su memoria nunca almacenó.
 
— Tú Frida, te las pasabas siempre llorando— dijo su prima— No había manera de callarte, te tenían súper consentida.
— Bueno, vosotros os pasabais mogollón conmigo — dijo Frida— nunca me dejabais formar parte de vuestros juegos, o le decíais a mi madre que era yo, cuando rompíais algo.
— ¡Es que siempre rompías todo!
Todos coincidieron en su admiración por la habitación del fondo. Sus primos eran fanáticos de la tecnología e internet a principios de los años dos mil, era un lujo que no toda familia de clase obrera se podía permitir. Un total de tres o cuatro ordenadores vinieron a su recuerdo. Uno al lado del otro. Las torres pasaban los días enteros encendidas, desprendiendo un calor bochornoso y zumbidos que hacían retumbar el suelo. A su primo mayor no le gustaba que Frida pasara las tardes allí. Por lo visto al regresar a casa y encender el monitor, una sofisticada voz a menudo le informaba: "se ha detectado una amenaza".

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A la derecha de los escritorios asomaban unas estanterías repletas de souvenirs. Por alguna razón la gente seguía gastando dinero en aquellas figuras de porcelana. Cualquier estupidez era perfecta para complacer al círculo de amistades. Tanto a su abuela como a Frida, les fascinaban todas aquellas horteradas. Algunas eran interesantes y provenían de ciudades de las nunca había escuchado hablar. Pero lo que predominaba en aquel mueble eran las estampas religiosas. Había vírgenes y santos por todas partes, de todas las formas, colores y materiales. Era evidente que aquella casa ante todo era católica, o al menos simpatizante. Irónico cuando el pin de su abuela pertenecía a un partido de ideología socialista.

Su abuela ordenaba los obsequios de una manera estratégica y se disgustaba cada vez que Frida las movía de lugar. Por eso se vio obligada a memorizar sus posiciones. Cada vez que abandonaba la habitación, repasaba cada una de las estanterías para evitarse las discusiones. El drama llegó un martes de abril, justo antes de marcharse a su casa. Su abuela apareció llorando con sus nuevas figuritas partidas en pedazos. No había manera de confesarla. Su madre clavó una mirada de decepción, que Frida no pudo entender. Esa tarde se la había pasado contemplando el acuario que su primo había nuevamente decorado. No había cruzado el pasillo. Aun así, su madre la agarró de la camiseta y la llevó hasta la habitación para ver lo sucedido. Al llegar al otro lado, no lograron encender la luz del pasillo, parecía fundida. Su madre no paraba de subir y bajar el interruptor, indecisa por cruzar.

— Mamá, ¿tienes miedo? — dijo Frida al sentir temblar a su madre.
— ¿Miedo? — balbuceó su madre— tú tendrías que tenerlo. Vergüenza me daría a mí, hacer llorar a mi abuela. No sé qué hice mal contigo.
— Mamá, te prometo que yo no he hecho nada. Estoy segura de que ha sido la ella.
—¿Tu abuela?, ¿encima tienes la cara de decir que ha sido tu abuela?
— No Mamá, la abuela no. Ya sabes…

Fue entonces cuando su madre se llenó de ira y la cogió con más fuerza, agrandando el cuello de su camiseta y empujándola al cuarto. Ambas quedaron conmocionadas al entrar y ver lo que había ocurrido. Nunca había visto a su madre aterrorizada.

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Caía la luz del sol a eso de las siete y media de la tarde. Ya se veía el rocío deslizarse por la ventana y las farolas parpadeaban antes de terminar encendiéndose. El alcohol empezaba a hacer efecto en sus mentes. Otros narcóticos de mejor olor suavizaban el de la humedad de aquella vieja casa de campo. Frida no estaba acostumbrada a beber. Su prima no paraba de reír cada vez que ésta cerraba los ojos durante unos segundos.
No dejó de pensar en aquel pasillo en ningún momento de la velada. La adrenalina le hizo creer que aquel sería el momento perfecto para compartir los insólitos eventos, que ocurrían cuando ella se encontraba allí. No estaba segura. Lo dejó pasar.

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Su abuela murió pocos años después. Desde lo ocurrido en presencia de su madre, Frida apenas visitaba la habitación. Y cuando lo hacía, encajaba la puerta para que ni el viento pudiese con ella. Encontraba incómoda la sensación de tener aquel oscuro pasillo al otro lado. El piso de su abuela eran realmente dos apartamentos unidos, tras el derribo de una de las paredes que los separaba. Sus tías se encontraban siempre en el lado opuesto a su habitación preferida. A veces podía oírlas reír desde la lejanía, lo que la tranquilizaba. Otras eran las paredes o los muebles los que crujían.

El recorrido para llegar a la habitación de los ordenadores no variaba. Frida llegaba con su madre al piso de su tía, preparaban café con leche condensada, permanecía unos minutos sentada alrededor de una mesa camilla y cuando la novela empezaba, Frida aprovechaba la escena para dirigirse una vez más a su cuarto favorito.

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— Al final era siempre yo la que tenía que hacer todos los mandaos — dijo su prima mientras daba un contundente sorbo a su cerveza. Aquí mi primo se libraba de todas. Lo peor era cuando la tita me enviaba a la otra cocina a por garrafas de agua. Qué mal rollo me daba ir sola.
— ¿Qué quieres decir? — preguntó Frida.
— Quizás te parezca una tontería, pero cada vez que cruzaba el pasillo de la abuela, parecía como si estuviese en la calle en pleno invierno, estaba congelado. Me daba la sensación de que alguien estuviera contemplándome desde lo alto. No era capaz de levantar la cabeza para mirar. Me sabía de memoria cuántos azulejos había antes de llegar a la cocina. Los había contado mil veces. Nada más recordarlo se me pone el vello de punta, ¡Mira!
— ¿Estás de coña? — dijo Frida emocionada apretando con tal fuerza su vaso, que a punto de romperse las uñas con la presión.

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El pasillo de la casa de su tía era más luminoso y siempre le pareció más corto y cálido. Todo empezaba al girar a la derecha y atravesar las habitaciones de sus dos primos. El apartamento de su abuela disparaba sus emociones. Siempre se paraba en el arco de la puerta. Apoyaba una mano en cada costado y examinaba ambos lados. Escuchaba a su madre criticar el sinsentido de las series que sus tías consumían. En aquel entonces, era imposible que alguien pudiese estar en ese lado de la casa. El pasillo estaba helado y sentía cada paso que daba en dirección a la habitación, como si alguien la siguiese por detrás. Recuerda cruzar ese pasillo de mil maneras diferentes. A veces encendía todas las luces, aunque fuese de día. Otras, lo cruzaba corriendo a velocidades insólitas. Lo llegó a atravesar gritando canciones o actuando como si hablase con alguien. Intentaba que su perro la acompañase, pero su mascota nunca cruzaba el marco de la puerta y cuando Frida lo llevaba en brazos, de un brinco el animal se daba la vuelta y volvía al otro apartamento ipso facto.

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— Quizás es el alcohol, pero tengo que confesar, que a mí siempre me aterrorizó ese lugar —dijo Frida—. Siempre cruzaba el corredor con una sensación de pánico incontrolable. Pero ésta acababa al llegar a la habitación. Siempre supuse que mi afición a las películas de terror me pasaba factura.
—Yo lo atravesaba a toda pastilla —dijo uno de sus primos que no vivía en la casa. La bisabuela falleció en lo que ahora es la cocina. Aún me acuerdo de la grima que me tenía. Siempre pareció haberse quedado allí dentro. Yo era incapaz de pasar solo y girar la cabeza hacia su antigua habitación. La abuela siempre me reñía por tirarle la lavandería al suelo, cuando yo jamás pasaba por allí.

De repente, Frida sintió una sensación de fatiga. Se levantó de la mesa y corrió hacia el baño para mojarse cara. Sus primos la esperaban preocupados por su estado, a la vez que desconcertados por todas las confidencias que habían compartido.

—Yo juraría una y mil veces, no haber estado sola jamás en aquel lado—dijo Frida acercándose de nuevo—. Era como si cientos de miradas se concentrasen en mí, intentando tocarme a dedazos y yo esquivarlas en zic zac. No me quedaba tranquila hasta sentarme en el escritorio delante del ordenador habiendo cerrado la puerta. La fotografía de la boda de mis padres siempre estaba descolgada. Un día se me cayó intentando nivelarla y la puerta se cerró de tal golpe, que me fue imposible abrirla de nuevo, hasta que mi madre llegó. Para entonces, el pánico se había apoderado de mí, y no tuve valor de contarle a mi madre lo sucedido.

— Entonces, todos hemos vivido la misma sensación — dijo de nuevo su primo. Tal vez el hecho de que éramos enanos, que estaba oscuro y en silencio, nos hizo ver todas estas tonterías.
— Estando en esa parte de la casa— interrumpió por primera vez el padrino de Frida, emocionado tras los testimonios de sus sobrinos —Yo he llegado a escuchar la fricción de las cadenitas de oro que colgaban del cuello de mi madre. Avanzando hacia la habitación, recorriendo ese pasillo a paso lento años después de muerta. Yo ya no era ningún niño...

El silencio y la incredulidad saturó el comedor en el que se encontraban. No podían asimilar nada de lo comentado. Ese pasillo había llenado el pecho de sobresaltos y extrañas intuiciones a todos y cada uno de los familiares que se hallaban esa noche en la cena. Todos miraban sus vasos medio vacíos mientras las cenizas se deshacían con la leve brisa de los suspiros.

— ¿Creéis en las posibilidades? — Insinuó Frida.

 

María M.