Generación aflictiva

-1-

—  No seas impaciente cariño, las cosas se arreglan con ánimo y lucha — dijo su padre, que sabía de lo que hablaba. 

Ella colgó el teléfono y agarró de nuevo el colchón con tal fuerza, que pudo sentir su corazón acelerado marcando el paso de su frenada vida. 

Unas pastillas decían separarla de la felicidad, esa misma a la que renunció tras semanas de inexplicable abatimiento.

Hacía tiempo que había dejado de ser la misma. Su cerebro no producía serotonina y su alma se perdió en la inmensidad de la agonía. 

—  ¿Qué quedará de mí? —  dijo inexpresiva. 

-2-

Encerrada, ocultándose en los rincones de su jaula, aunque ésta no tuviese puertas.

Atrapada en un sinfín de pensamientos, cautiva de su propia mente, dejaba los minutos pasar con miedo a la vida y no tanto a la muerte.  

Optimista buscando el final, el día en el que levantarse sana y hambrienta de subsistencia.

Maleducada, sin llamar a la puerta se presentó una tarde de verano. Ella no supo qué decirle, prisionera de lo irracional.

Cubierta su cabeza con un film transparente, trataba de coger aire. Éste se oponía a traspasar, ahogándola en las profundidades de lo incognoscible.

-3-

Atraviesa las calles a solas bajo un sol calcinador. La parada del tranvía marcaba siete minutos de espera. En el pasado abriría su libro y devoraría las páginas sin piedad. El presente la humillaba con desesperación delante de la muchedumbre, como si ésta le interesase.

La escena que la rodeaba parecía auténtica, similar a caminar Los primeros días de la primera. Sin Dalí, sin lienzo, pero con crisis de conciencia. Se desacostumbró a los espacios abiertos cuando siempre adoró la libertad.

Disfrazar la aversión sólo generaba el aumento de la misma. Afrontar la fobia reforzaba el negativismo acumulado.